Un museo debe ser espacio de diálogo
Preocupados por la falta de respeto de algunos museos nacionales hacia su patromonio, ponemos a su disposición esta importante entrevista realizada a Américo Castilla, quien plantea una visión sensible y respetuosa del arte y el patrimonio.
“El patrimonio sirve para idear el futuro”
“El concepto de cultura hoy ha cambiado, porque no se restringe a las bellas artes. Hoy implica el análisis y el estudio de la diversidad de la población y su modo de expresarse. Ello no implica que el Ministerio de Cultura deba transformarse en un ministerio de Ciencias Sociales.«»Las artes, el patrimonio, todavía tienen mucho que decir; y lo dicen”, afirma Américo Castilla, un hombre multifacético que se ha impuesto el desafío de mostrarle a la gente que una persona cambia después de haber pasado por un museo.
- ¿Qué margen hay en la Argentina para trabajar desde lo público ?
- Se habla de inclusión social, de construcción democrática, de que la cultura podría realizar esto, pero no tiene los fondos para llevarlo a cabo. Se le exige a la cultura que resuelva los problemas sociales, cuando al dinero lo tienen más los ministerios que tienen a su cargo la problemática social. En la administración de los fondos, no se le ha dado a la cultura la importancia que tiene. Y los gestores culturales, públicos o privados -y me incluyo- no han estado a la altura de la demanda de esos fondos. Muchos políticos se acomodan a la manera de pensar de sus jefes.
- ¿Por qué cuesta tanto entender la importancia de una buena política cultural?
- Esto parece una tautología, pero es un problema de incultura.
- ¿Ha cambiado el concepto de patrimonio?
- Ya no es el patrimonio como la alternativa conservadora de la dinámica social, como se había pensado durante mucho tiempo: el patrimonio como la memoria de lo que fue. En realidad, es el significante, y el vínculo necesario para idear el futuro. Por ejemplo, Tucumán tiene vestigios arqueológicos de primera magnitud. Sin embargo, en el presente, uno no sale a la preservación de esos sitios arqueológicos independientemente de las comunidades que habitan ese lugar. Antes lo era. Pero no ahora, cuando se lo ve como un paisaje cultural, como un fenómeno en el que no sólo cuenta lo científicamente preciso de la arqueología, sino cómo vive la comunidad que habita ahí, cómo se abastece, cuál es el uso público de ese lugar. El patrimonio ya no puede ser simplemente un lugar exótico para el turismo. Hoy, al patrimonio lo entendemos como esta negociación constante entre objetivos y necesidades. Todo esto es parte de la cultura, y del patrimonio. No sólo lo es el sable de San Martín.
- ¿Cómo fue su experiencia como gestor, en lo público y en lo privado?
- La actividad pública tiene a su favor el enorme desafío de modificar la cosas de raíz, para satisfacer una demanda colectiva. Es algo realmente muy tentador, y muy difícil de lograr, pero desde lo privado uno no puede ni siquiera planteárselo. Desde lo privado, mi trabajo siempre ha sido hacer proyectos acotados, ejemplificadores, multiplicadores, que marquen un rumbo, o una evidencia de hacia dónde debe dirigirse la acción cultural. Mientras yo fui director Nacional de Patrimonio y Museos me propuse cambiar el funcionamiento del museo mayor, que es el Museo Nacional de Bellas Artes. Y me costó cuatro años, pero lo logré.
- ¿Cómo se generan los nuevos públicos?
- Es un gran problema. Al Museo Nacional de Bellas Artes lo visitan un millón de personas por año. Pero el 60 % de esos visitantes son gente con estudios terciarios completos. Hay que pensar que la gente, sobre todo las nuevas generaciones, poseen una sofisticación visual más grande que hace 20 años. Por un lado, hay una demanda de algo que sea más material, porque la gente está hastiada del zapping. Pero el paso de una cosa a otra debe tener una amortiguación. Lo que yo hice en el Museo Nacional fue incorporar una grandes pantallas de plasma, que le dan la bienvenida a la gente y que le explican todo lo que hay en el museo. Si no hay interacción, no se ven atraídos. Esto, en cuanto a lo generacional. Pero también está la cuestión social. La gente realmente pobre no ingresa al Museo Nacional. No sabe si va a ser aceptada.
- ¿Qué le aporta a la gente el hábito de ir al museo?
- Hablo del museo que durante todos estos años he tratado de hacer. No hablo del museo tradicional, que es visto como depósito de conquistas en el que está demostrado el predominio de una cultura sobre otra. Yo hablo del museo como un sitio que tiene que incentivar el diálogo. Que haya una razón de un intercambio. Que vayan un padre y un hijo con sus respectivas experiencias, y que haya una razón para el intercambio.
- Déme algún ejemplo...
- A mí me pasó con el Museo del Holocausto, en Washington. Yo fui con mi hijo de 13 años. Lo vimos en silencio, y a la salida él se puso a llorar. Yo no hubiera tenido otra manera de contarle qué fue el Holocausto. Es algo casi imposible de contar, emotivamente.
- ¿Cómo convencer a las empresas de que inviertan en acciones culturales en las provincias?
- Convencer a las empresas de que pongan dinero en las provincias es bien difícil, porque las provincias no son visibles. En el taller que voy a dar en Tucumán quiero tratar este tema, el de cuáles son las formas de acción. Cuando yo estaba en Antorchas, armé un programa especial para gente de las provincias, para que no tuvieran que competir con los de Buenos Aires. Empecé a hacer “clínicas”. Y yo les decía: “yo les pago el pasaje a los profesores, pero ustedes tienen que conseguir el hospedaje y el lugar”. Y eso generó algo insospechado, y mostró las capacidades de gestión de la gente de las provincias. Y lo multiplicaron , y el arte contemporáneo renació en un montón de provincias a raíz de la gestión de los muchachos locales.
- ¿Por qué esas acciones no se dimensionan?
- Hace falta, desde el Estado, una reflexión muy severa acerca de qué es la cultura, qué significa diseñar un plan estratégico, cuáles son las metas que se plantean para un año. En Tucumán hay gente con muy buenas intenciones, pero no se toma a la cultura desde una perspectiva de gestión; habría que preguntarse cómo mejorar el producto, cómo competir. Por ejemplo, ha habido desde la Facultad de Artes un interesantísimo renacimiento de las Artes Visuales en Tucumán. Y el Museo Timoteo Navarro debería acompañar ese proceso.
-¿Se puede “enseñar” a entender el arte contemporáneo?
- Eso es cultura ciudadana. Los museos europeos, tienen códigos herméticos, y hay que tener conciencia de eso. Yo he hecho exposiciones itinerantes, por ejemplo, la muestra de Goya. En Tucumán, lo que hice fue tratar de generar un espacio que fuera receptivo para el espectador no experimentado . No se puede poner una obra totalmente hermética sin ninguna explicación de contexto. Hay que educar a la gente.
Américo Casilla es Abogado y artista plástico, preside la Fundación TyPA (Teoría y Práctica de las Artes). Desde 1992 hasta 2003 fue Director del Programa Cultural de la Fundación Antorchas. Entre 2003 y 2007 fue director Nacional de Patrimonio y Museos de la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina y del Museo Nacional de Bellas Artes.










