La crisis obliga al replanteamiento de la actividad cultural en Michoacán
Frente a los efectos dañinos de la recesión económica global, uno de los mayores motores económicos de Michoacán, el movimiento cultural y artístico, que está íntimamente ligado a la industria turística, puso a prueba la solidez de sus lineamientos legales y los alcances de sus programas de desarrollo y descentralización; y aunque el sector gubernamental reconoce fortalezas, así como la necesidad de adecuar sus estrategias de promoción cultural ante el desplome económico, los creadores independientes, por el contrario, mostraron mayor confianza en salir fortalecidos de la debacle, “porque siempre hemos vivido en crisis”. Según una serie de entrevistas y consultas bibliográficas realizadas por este diario sobre el dañino fenómeno monetario, la industria cultural michoacana vive un acelerado proceso de modificación conceptual, donde dejó de ser una atracción folclorista para concebirse después como un sector laboral de importancia creciente, y como una herramienta poderosa para el desarrollo social según su nuevo perfil, pues a diferencia de otras ramas de la economía que inciden en un crecimiento económico pero que no necesariamente representan una mejoría colectiva, la cultura posee la doble característica de proveer a la población de crecimiento material y bienestar intelectual al mismo tiempo, por lo que el economista cultural mexicano Ernesto Piedras Feria define a la cultura como uno de los eslabones del desarrollo económico integral. Sin embargo, el Estado mexicano muestra serias deficiencias en lo que se refiere a la protección legal de la cultura como industria, a pesar de que hasta el 2004, fecha del último estudio económico sobre el tema, el arte y la expresión colectiva nacional representaban para México una aportación del 6.7 por ciento al Producto Interno Bruto (PIB), aunque el área cultural enfrenta también una política fiscal inoperante y restrictiva que niega el derecho a capacitación o prestaciones a sus trabajadores, y que los coloca en desventaja aún frente a sectores laborales menos productivos, según un estudio del mismo Piedras Feria enviado a este diario. ¿Una política fiscal para la cultura? Vicios en el ciclo productivo Según un diagrama elaborado por la agencia consultora The Competitive Intelligence Unit, el ciclo de las empresas culturales en cualquier parte del mundo se compone de cuatro pasos básicos: creación, producción, distribución (donde se inserta la difusión sobre el producto) y el consumo, aunque las posibilidades de éxito para esas empresas también dependen de cuatro factores más en los que el sector gubernamental guarda una gran responsabilidad: regulación ante la globalización, acceso a la digitalización, promoción de la convergencia tecnológica y la correcta aplicación de políticas culturales. Pero sobre lo anterior también pesan factores de fondo, como el educativo, pues en muchas de las ocasiones el consumidor final de un producto o servicio cultural carece del conocimiento necesario para dimensionar el valor de lo que adquiere, lo que se traduce en una reducción en el precio de venta en perjuicio del productor ante el descenso en la demanda. Hugo Salas Frontana, ex subdirector del Centro de Investigación y Documentación sobre Artesanías Michoacanas, dependiente de la Casa de las Artesanías, ejemplificó sobre eso al hablar, en entrevista anterior, en torno a la artesanía estatal como uno de los productos que presentan mayores pérdidas en las ventas como efecto de una mala regulación legal ante la globalización: “La introducción masiva de patrones culturales externos es un fenómeno generalizado; son un instrumento comercial: te cambian las costumbres, cambias tu modo de vida, y entonces empiezas a consumir lo que aquellos te mandan; ésa es la globalización. Es todo un esquema cuya pretensión es, al final, homogeneizar las costumbres en todos lados con lo cual creas un mercado cautivo”. Frente a esa realidad, el sector artesanal michoacano, según el funcionario, se vio obligado a implementar nuevos diseños para sus obras con la intención de mantener la transmisión de un mensaje cultural hacia el comprador potencial, pero imprimiendo también un sentido utilitario a la pieza, como una de las alternativas más viables para la preservación de la identidad colectiva frente a la homogeneización de las costumbres de consumo. En Las industrias culturales y el desarrollo de México, un estudio sobre el papel de la cultura como motor económico en el país, Ernesto Piedras y Néstor García Canclini advierten que el tercer paso en el ciclo productivo de una industria cultural, el de la distribución y difusión sobre el producto, debe estar protegido por una campaña previa de índole educativo cuya responsabilidad generalmente recae en el sector gubernamental, pues señalan: “Como en el caso de los bienes y servicios de los demás sectores económicos, el consumidor potencial (de un producto cultural) debe conocer las características y atributos de dicho producto para tener los incentivos suficientes para adquirirlo. Por ello resulta relevante una red de difusión de información que coloque al producto dentro del mercado competitivo al que se enfrenta”. Pero en cuestiones de difusión sobre productos culturales, México resiste también un rezago tecnológico que dificulta el acceso de la población a medios de comunicación electrónica, como la Internet. Estudios revelan que hasta el 2003 sólo un cinco por ciento de la población mexicana tenía acceso a la red electrónica, aunque un programa gubernamental, e-México, pretendía colocar computadoras en mil 200 bibliotecas mexicanas hasta el 2006, con una aportación de 60 millones de dólares por parte de la empresa Microsoft, y 30 millones más donados por el magnate Bill Gates. Sin embargo, Néstor García Canclini señala que el programa gubernamental no hizo más que echar al vuelo la voracidad empresarial mexicana, pues “el programa está dedicado casi exclusivamente a distribuir computadoras y ofrecer conexión a Internet, pero se ocupa poco de detectar necesidades socioculturales y capacitar a los potenciales usuarios para que utilicen la tecnología en función de objetivos locales”. Esa misma carencia de conocimientos sobre el valor de un bien cultural, así como la escasa capacitación en la utilización de tecnología para satisfacer necesidades locales, alienta el consumo de otros servicios que requieren de una menor cantidad de conocimientos para disfrutarlos, como los programas televisivos, la música y el cine comerciales, y que generalmente se acompañan de una mayor difusión por parte de los medios de comunicación masivos, lo que también se traduce en pérdidas para las industrias culturales por la baja captación de público. En ese sentido, Ernesto Piedras encuentra que las condiciones económicas de un individuo, por altas o bajas que éstas sean, no son un factor que limite su acceso a la oferta cultural de su propia sociedad, antes bien, es un fenómeno educativo el que marca su acercamiento o rechazo a esas manifestaciones: “En muchos casos, aunque las actividades culturales son subsidiadas, el número de espectadores no aumento de forma significativa. El ejemplo más claro son los museos, en los cuales, a pesar de que en muchas ocasiones la admisión no tiene costo, el número de visitantes es muy pequeño. “El precio no es la única variable que afecta el consumo y la demanda. También hay que considerar los costos de transporte asociados con el número y la distribución geográfica de foros, cines, galerías y demás, así como el costo de oportunidad de tiempo de visita pues, aunque éstos no afectan la demanda de manera directa, sí influyen en las decisiones de ocio del público y en el consumo de los bienes y servicios culturales”. El caso Michoacán En lo que respecta a esta entidad, donde cultura y turismo funcionan de forma complementaria para constituir la segunda fuente de divisas, después de las remesas enviadas por michoacanos en el extranjero, activistas gubernamentales e independientes indican que la crisis económica más profunda que vive el mundo desde 1929 es también una oportunidad de reestructuración para el sistema económico, donde la cultura saldrá ganando. Una declaración ofrecida a este diario por Philippe de Reiset, responsable en Morelia de la asociación civil Adopte una Obra de Arte, indica que “el reto es hacer de Michoacán un gran destino turístico, una muestra no solamente de sus grandes edificaciones monumentales, sino también un centro cultural que tiene su festival de música, que tiene sus museos y que ofrezca lo que cualquier otro lugar en Europa, América Latina o en Asia puede ofrecer. Creo que Morelia tiene más de lo que estamos conscientes: una buena hotelería, empieza a tener buenos restaurantes, y a mi parecer falta poco para llegar a ser un destino interesante, quizá falta repensar lo que se vive en los museos y tener un rescate de las tradiciones: la artesanía de Michoacán tiene una importancia fundamental”. Sin embargo, ese legado cultural debe encontrar un cauce estratégico para ser explotado sin sufrir alteraciones, “y entrelazar el patrimonio de un estado con el otro, un monumento con el otro; (los visitantes) vienen de Europa para tener una visión amplia de México; en este momento no hay duda de que Michoacán es un destino cultural que (también) tiene playa. Los turistas ya no comparan a Morelia con San Miguel de Allende, con Querétaro o Guanajuato, lo comparan con Florencia, con destinos de esa importancia, con la experiencia que ellos en sus viajes alrededor del mundo han tenido. Hay que tomar en cuenta que el turismo cultural se ha globalizado”. Frente al reto planteado por De Reiset y que incluye no sólo mantener los alcances en materia cultural que ya obtuvo la entidad, sino acrecentarlos frente a la crisis económica, el titular de la Secretaría de Cultura de Michoacán (Secum), Jaime Hernández Díaz, indicó que el estado reconoce la responsabilidad de instrumentar políticas públicas que otorguen a la cultura la categoría de herramienta para el desarrollo social. “Se requiere fortalecer la creatividad desde espacios, asociaciones libres de artistas; en la medida en que se impulse el desarrollo de industrias propias, no significa que el estado eluda la responsabilidad que tiene en el proceso de formación de estas políticas que consolidan aspectos que el estado por sí solo no puede atender. “¿Cómo veo el impacto económico en la cultura? Yo creo en seguir insistiendo en el ámbito de las políticas económicas, en que la cultura tiene que ser vista como un factor de desarrollo; esto significa que también tiene que verse a la cultura y sus recursos (monetarios) como inversión y no como gasto, porque si nos quedamos en la perspectiva de que la cultura no es un factor de desarrollo y no tiene recursos para inversión, estaríamos equivocando cualquier camino de atención, porque esas viejas recetas es lo que originan los recortes que se hacían a la cultura en las crisis financieras de México. La cultura puede jugar también un papel importante en el diseño de políticas que enfrenten a la propia crisis (actual).










