Proceso
El FOMECU recomienda el artículo "El MUAC: sede de una ENAP renovada" publicado el 20 de diciembre de 2009 en la revista Proceso no. 1729
Mediocre y pretencioso, tanto en su diseño arquitectónico como en su proyecto museístico, el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), requiere de una evaluación objetiva y de una reestructuración eficaz que abarque su gestión, misión y prospectiva como museo universitario.
Inaugurado el 26 de noviembre de 2008, el MUAC se ha perfilado en un año como un museo característico y convencional del mainstream, centrado en exposiciones-espectáculo que se pueden ver exactamente igual en varios museos del mundo, y las cuales se consumen como cualquier instalación-show de los parques temáticos de diversiones tipo Disneylandia. Un modelo museístico importado, homogéneo y global, que reproduce el discurso dominante del arte identificado comercialmente –de manera directa o indirecta– como contemporáneo. Un modelo museístico predecible y frívolo, que no se merece una instancia perteneciente a la Universidad Nacional.
Concebido y promovido –en la gestión del rector Juan Ramón de la Fuente (1999-2007)– por Gerardo Estrada como coordinador de Difusión Cultural (2004-2007) y Graciela de la Torre como directora general de Artes Visuales (2004 a la fecha), el proyecto del MUAC se vincula con un programa de adquisición de obras de arte contemporáneo mexicano que incrementó notoriamente su número de piezas entre 2005 y 2008, debido a la generosidad de un presupuesto institucional de aproximadamente 30 millones de pesos.
Parcial, excluyente (Proceso 1679) y definida por el propio museo como “la más amplia colección pública de arte contemporáneo de nuestro país”, la del MUAC aún no se conoce públicamente, ya que el programa de exposiciones ha privilegiado a autores extranjeros ajenos a la colección. ¿No es irresponsable y absurdo que una institución como la UNAM, que tiene tantas carencias y necesidades para atender la excesiva demanda de educación superior pública que existe en el país, haya invertido en una colección que ni se difunde ni se promueve?
Y en lo que respecta a la pertinencia de un museo que se sostiene con el presupuesto de la UNAM y con las aportaciones que realizan particulares para apoyar proyectos avalados por la Universidad Nacional, ¿es adecuado que se contraten exposiciones? ¿Acaso no existen académicos en la UNAM capaces de organizar muestras con calidad de exportación? Y, muy especialmente, ¿cuánto pagó la UNAM por rentar, transportar, montar y asegurar la exposición de Cildo Meireles? Cuestionamientos que inciden en una evaluación obligada del desempeño de Guillermo Santamarina como coordinador de gestión curatorial del MUAC. Conocido por su descuido del patrimonio nacional (Proceso 1321 y 1581), el promotor –que en fechas recientes se ha convertido en artista con presencia en ferias comerciales y bienales– debe explicar la pertinencia y prospectiva de las políticas y costos de las acciones curatoriales del MUAC.
Frente a este panorama de mediocridades, banalidades y ausencias de un proyecto de identidad universitaria, es pertinente reflexionar sobre un cambio de uso de las instalaciones del MUAC. Convertirlo en la sede de una escuela renovada de artes plásticas, con posibilidad de promover, difundir y valorar, a través de actividades museísticas, una creación universitaria centrada en la exigencia, la calidad y la competitividad creativa, podría ser un excelente proyecto de la gestión de José Narro como rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Proceso
Semanario de Información y Análisis No. 1729
20 de diciembre de 2009
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