Un león en el tren ligero
El FOMECU pone a su disposición el primer libro de relatos que Gabriel Valtierra realizó al final de la universidad y que muy amablemente nos ha hecho llegar a nuestra redacción con motivo de la salida del segundo libro.
“El lugar parecía un infierno de pensamientos rancios.”
Paul Auster, Ciudad de cristal
Nadie supo cómo, pero un león se metió en el tren ligero. Yo estaba allí. Hasta atrás, o más bien, algo lejos del temible animal, a dos vagones de distancia, por eso pude ver muy bien el salto que dio cuando entró y como le rugía a todo el mundo.
La gente quería salir, pero las puertas se trabaron y el tren comenzó su marcha. No es que yo sea muy valiente, pero confieso que de principio no me sentí asustado, más bien pensé: “¡Qué chingón cabrón! Y tuve la misma dulce fascinación, que tenemos todos los que nos acabamos de despertar de un sueño.
Pasando esa primera impresión, me cagué. Me cagué igual que todos y pensé que nos íbamos a morir, si no por el león, sí por asfixia, porque ya el mundo completo se había parapetado en mi vagón y querían estar todos atrás de todos.
El león se mantenía lejos y alcanzó a matar a una persona. La mató de puro susto, porque se notaba que ni el mismísimo león sabía que pedo con su vida, como que no entendía que chingados hacía allí, encajonado con todos nosotros. El animal rugía y rascaba el aire con una garra mientras avanzaba y retrocedía en nuestra dirección, bufaba, mecía la cabezota de un lado a otro, quiso dar vueltas en el vagón, y finalmente se echó al suelo a dormir.
Entonces la gente empezó a comentar.
—Los leones atacan sólo cuando tienen hambre —dijo un niño.
—Y cómo sabes si tienen hambre —preguntó un señor.
—Cuando se levantan señor, cuando se levantan les da hambre —contestó secamente una señora ya mayor.
—Señora, ¡a todos nos da hambre cuando nos levantamos! Pero también nos da sueño cuando acabamos de comer, ¡qué tal si éste león acababa de comer!, por favor no sea negativa y vamos pensando en cómo salir de aquí —intervino un hombre que llevaba fuertemente apretado un maletín negro, de esos medio chafas que venden en Gigante.
Atrás, me sentía algo seguro. Además, yo sabía dos o tres llaves de Judo que había aprendido en la escuela clandestina de los hermanos Palafox cuando era cholo, mismas, que sin dudarlo, utilizaría contra quien quisiera sacarme de mi sitio y ponerme frente al león. En ese momento Cristo en la cruz no significaba nada para mí, aunque curiosamente yo guardaba la misma posición en la que lo representan, sólo que en vez de clavos y maderos, mis brazos se abrían para aprisionar con fiereza los tubos de metal del tren ligero para columpiarme como chango en caso de cualquier eventualidad.
¿Qué hacer con el león? Teníamos oportunidad de enfrentarlo, porque muchos de los pasajeros eran plomeros y albañiles que venían de trabajar. Con la herramienta en mano, pinzas perras, stilson, etcétera, podrían dejársele ir al león, machacarle la cabeza y matarlo. Toda una escena recreando al hombre primitivo. Pensé que yo podía constituirme en el líder, dirigir de lejos y así seguramente salir con vida del asunto.
Pero no soy un hombre de acción. Por lo regular me pierdo en higiénicas pero torturantes puñetas mentales que nunca me llevan a ningún lado; y es que lo relevante para mí en ese momento tan singular, ya no era el león, sino la serie de dudas y pensamientos que me poblaban la cabeza. Como siempre, por importante o banal que fuera el hecho, no podía dejar de complejizar las cosas. ¿Es este león una metáfora inducida por el azar o por Dios? ¿Por qué murió aquella persona y no yo? ¿Soy un elegido? ¿Es ético cogerse morritas de trece años? Lo anterior, mezclado con mi fobia por las personas y su cercanía, amenazaban mi cordura, y si no fuera porque mi sentido del humor y mis sentidos en general se alinearon en torno a los diálogos de los pasajeros que me comprimían, allí mismo hubiera caído en shock.
—Ojalá y hubiera un valiente aquí que se llevara a ese animal —era de nuevo la rancia anciana quejosa, que yo ya había diagnosticado como de peligro.
—Sí —comenté—, deberíamos de organizar un concurso de atrevidos que se llamara: A Ver Quién le Mete el Dedo en el Culo al León.
La señora se torció molesta hacia mi esquina y vociferó: “¡¿Cómo puede usted tener sentido del humor en una situación así?!”
—¿Lo tiene usted en la vida real? —le dije.
—Sí, sí lo tengo —afirmó la doñis.
—Entonces no veo cuál sea el problema.
Claro que todo esto lo decíamos entre el mayor de los ruidos: los lloriqueos de los niños, de las mujeres —y como no— de algunos hombres; armaban un enjambre de sonidos que casi se configuraban como sólidos, pero en un momento, alguien dijo que nos mantuviéramos callados para no despertar al león y que resolviéramos qué hacer antes de que despertara.
—Vamos a leer la Biblia —dijo una testigo de Jehová. Y bueno, supe que era una testigo de Jehová porque por lo regular llevan un pequeño nuevo testamento de color negro entre las manos y le sonríen a todo el mundo. Además era muy sexy y todos sabemos muy bien que una católica comprometida no puede ser sexy. Las católicas comprometidas tienen, más bien, un aire cadavérico, algo repulsivamente añejo que en la mente bien podría representarse como una vieja pantaleta sucia y acartonada de un color rosa desteñido, por lo tanto, pensé muy acertadamente que esta mujer sólo podía ser de los Testigos de Jehová.
Mientras la mujer leía La Biblia de forma murmurosa , el hombre del maletín de Gigante, acaso por el nerviosismo, lo soltó; lo llevaba presionado al pecho, y, al soltarlo y pegar en el suelo, el maletín prácticamente vomitó un mariposero de revistas pornográficas gay que quedaron esparcidas por todo el vagón. Una fue a parar bajo las narices del león, quien, por toda reacción, levantó una pata para rascarse.
—Sodoma y Gomorra —volvió a hablar la perturbadora anciana—. ¡Esto es Sodoma y Gomorra o peor! Por algo Dios nos manda éstos castigos. ¿Cómo ha de ser que nosotros paguemos los platos rotos? Claro, El Señor ha de decir que ¡cómo permitimos éstas cosas! Y sí, hay que pagar, hay que pagar por los pecados de otros.
—Señora —le dije suavemente—, ¿por qué no se calla? Siempre que usted abre la boca el león se sobresalta. Por causa de mujeres como usted tuve que matar el hámster hembra que tenía en mi departamento. ¿Sabe? Yo compré ese par de hámsters con mucha ilusión...
—¡No me compare con una rata!
—Un hámster no es una rata señora, seguro que no lo es, además no se fíe nunca del aspecto, porque he de decirle que las ratas son mucho más cariñosas que los hámsters.
—Yo no tengo nada de cariñosa. Digo...
—Mire, la vez del hámster andaba yo ya muy tomado. Entonces se me ocurrió tomar la licuadora, ponerle un poco de agua y echar a la inocente criatura. Pobre, era apenas una motita de algodón. Ni tres segundos duró. Pareció como si hubiera aventado un tomate, quedó pura agua, pura agüita colorada. Mi hermano y un amigo trataron de detenerme, más adelante me confesaron que les resultó algo cómico. Deberían poner un letrero en las tiendas de animales prohibiendo mi acceso.
—¡Usted está loco!
—Estuve loco esa noche, señora. Pero yo le puedo explicar a usted. Todavía no he terminado, esto tiene una explicación científica, yo diría psicoanalítica, ¿ha leído usted La interpretación de los sueños?
—Yo solamente leo La Biblia.
—Ya veo.
Bien. Entre que justificaba y no justificaba mis actos ante la deplorable mujer, ocurrió un milagroso suceso de organización entre los pasajeros. Comenzaron a quitarse las ropas, a amarrarlas entre sí, para después enredarlas entre los tubos de metal que están a ambos lados de los vagones y así formar una especie de telaraña que nos separara del león. No sé quién de los que estaban allí salió con la idea, pero parece que todo el cuchicheo que se dio desde el principio obedecía a que la gente no se decidía a despojarse de sus ropas. Mientras platicaba con la doña yo me iba quitando los pantalones de mezclilla y se los daba a quien me los pedía. No hubo una sola persona que no donara nada y la mismísima doña rejega tuvo que donar su casta falda. Quedó en pútridas pantaletas rosas.
—¡Qué ridículo estamos viviendo! —dijo la vieja mujer—, ¡y todo esto es por falta de valientes! ¡Ande! ¡Le digo! ¡¿Por qué no va y enfrenta usted de una buena vez al león?!
—Es que tengo problemas de autoestima —le dije.
—¿Problemas de qué?
—Olvídelo.
El tren avanzaba como de costumbre, con la sola anormalidad de tener un león abordo y de que en ninguna de las estaciones hacía parada. Nos preguntábamos qué pasaría con el chofer, ¿por qué no abriría las puertas? Cada estación que pasábamos era una esperanza perdida. Para el momento en que los pasajeros tejieron su red, ya habíamos pasado Juárez, y todavía le colgaba para llegar al periférico sur.
—¿No va a querer saber el porqué de la muerte del hámster? —inicié la conversación de nuevo.
—Ya lo dijo usted, andaba borracho.
—Claro, pero la borrachera sólo fue el agente que posibilitó la catarsis...
—¿Catarsis?
—Sí. La catarsis. El alivio de gran parte de mi misoginia. Vera usted, según lo que he aprendido en consulta, la borrachera y los sueños se parecen en gran medida: el alcohol lo desinhibe a uno para cometer pendejada y media, y cuando uno duerme, sueña y también se desinhibe, pero sin consecuencias. Uno y otro estado tienen sus restricciones, por ejemplo, y ya lo dije antes, el sueño no produce hechos, al menos así, solito, sin trabajarlo; y esa es una fuerte restricción. Por otra parte, la borrachera tiene el quizá insoportable límite de la realidad, cosa que no tienen los sueños. ¿Me entiende verdad?
—¡Claro, siga! No soy ninguna estúpida...
—Ok. Entonces digamos que, tanto si usted estuviera borracha como si estuviera dormida, actuaría sin inhibiciones, o sea, usted realizaría cosas que normalmente no se atreve a hacer. Pero hay algo más y que yo me atrevo a calificar de mágico: el puente entre los sueños y la borrachera, o lo que es lo mismo: la peda abre las puertas de lo inconsciente.
—¡Qué chingón! –dijo un guaino que mascaba chicle tumbado en el suelo.
—Efectivamente. La borrachera abre las puertas de ese depósito perverso, lúdico y maravilloso donde de verdad cuajan las cosas. Entonces, mi querida dama, con base a lo anterior, ésta es mi explicación a los hechos del infortunado hámster: desde hacía ya algunos meses me encontraba en una situación difícil con las mujeres, esto por una serie de hechos que no voy a decirle, son demasiado íntimos. Y bueno, aunque pienso que hombres y mujeres somos iguales de capaces pero truncados en distintas áreas por nuestra respectiva educación, los encuentros últimos que tuve con las mujeres me sacudieron y me hicieron pensar que, si el varón mismo es estúpido culturalmente, la mujer lo es más, los roles de género marcan la diferencia entre ser estúpido o muy estúpida.
—¿Me está usted llamando estúpida? —interrumpió la execrable mujer.
—¡No, no, no! ¡Para nada! Esto sólo es parte de mi explicación. Lo que trato de decirle es que se pusieron en juego muchas cosas para que yo me convirtiera en un asesino. Por ejemplo, este odio naciente por las mujeres, la borrachera, la loca agresividad del histérico hámster hembra enano. Lo curioso de todo, es que no me di cuenta de que me estaba convirtiendo en un misógino hasta que licué a Martita.
—¿Martita? —dijo la mujer.
–Sí, Martita. Diminutivo de Marta, como Marta Sahagún de Fox, pues. Así la había llamado yo.
—¡Ah! —exclamó sorprendida.
—Y sí, entonces me di cuenta de que tenía un problema. Pero bueno, creo que ya no hace falta que le diga más.
—¡Ni lo diga! —contestó la mujer.
La señora y yo decidimos callarnos. Por un momento nos habíamos olvidado de la amenaza, no así un jovencito como de dieciséis años que trataba cómicamente de suicidarse con su corbata. Nadie lo detenía, era muy poco probable que lograra su propósito. Lloroso, enredaba su corbata de seda en uno de los cromados tubos sólo para comprobar que cada intento le resultaba más difícil, la corbata siempre resbalaba y al final terminó por romperse, con esto, el muchacho se desbarató y se tiró a llorar en el suelo.
El hecho anterior me recordó que a mí siempre me ha interesado la dignidad humana, quizá porque tengo muy poca, y el suicidio es una de las cosas que más me pone a pensar sobre ella. ¿Este muchacho quería matarse porque se amaba? ¿Le parecía tan insoportable la idea de ser devorado por un león?
Pensaba en esto, cuando mi atención quedó capturada por un par de hombres que comentaban, más o menos, lo siguiente:
—¿De quién crees que sea la responsabilidad de este problema? ¿Del gobierno federal, estatal o municipal?
—No lo sé. En realidad lo que importa aquí es tener más elementos de análisis que nos permitan una comprensión global del asunto. Lo que sí podría decirte, es que existe una seria falla en la forma de sistematizar los procedimientos de las instituciones que dependen directamente del gobierno. Ya ves, estamos ahora atrapados en una situación francamente inverosímil que bien valdría la pena rescatar en algún documento académico que se discutiera en clase.
Sensibilizar a los alumnos sobre los peligros de la ruptura inminente de las rutinas, prácticas y procesos de acción en situaciones de esta índole. Sólo que la apatía de esta generación le daría cualidades de aprendizaje sui generis. Creo que lo consideraré mejor para una tesis doctoral. ¿Tú qué piensas que diga Fox de esto?
—¿Fox? No lo sé. Pero me gustaría que hicieras un esfuerzo de extrapolación de significados y encontraras el símil de esta situación en este momento. Me refiero a que vislumbres el desastre de las Torres Gemelas. Nadie estaba preparado para enfrentar un par de aviones, nadie de nosotros estaba preparado para un león en este lugar. Y puede pasar de nuevo. O puede pasar cualquier cosa en Guadalajara, si no es un león aquí puede ser un gorila en tu clóset, los problemas se mueven en una margen grande y libre de asociaciones que me hacen pensar en revisar de nuevo los planes de acción de una sociedad organizada.
—Difiero contigo, pero creo que ya en la universidad podríamos discutirlo ampliamente en el simposio que se aproxima.
¡Vaya! Me dije. A estos sí que se les ha olvidado el puto león.
Y bueno, ¿luego de qué me di cuenta? De que toda la gente, aunque seguía temerosa, adquirió una calma llena de esperanza y comenzaron a platicar muy pero muy calladamente.
¡Qué bendita tranquilidad! ¡Ya sé lo que va a ocurrir! De seguro el tren va a parar suavemente en la última estación y nosotros veremos preocupados hacia el exterior buscando y encontrando las caras de policías, reporteros y familiares. Habrá una banda amarilla de protección y un gran silencio. Se abrirán las puertas del tren y un francotirador le dará con un dardo somnífero al animal, para después sacarlo con una grúa y llevarlo de nuevo al zoológico, que de allí ha de haber salido. O quizá de la casa de un narco, les gusta coleccionar esas madres. Pero no, por la ubicación es mucho más probable que el león haya llegado al tren desde el zoológico, haya asustado a medio mundo a su paso y luego se trepara con nosotros. Luego los testigos informaron a la policía y etcétera. ¿Y qué con el chofer del tren?... pues de seguro es un ruco que va dormido, o el sistema automático del tren se averió o quién sabe qué. El caso es que ya han de estar los de Primer Impacto esperándonos, casi eyaculando de la emoción por la noticia.
Pero no, porque mientras yo terminaba de pensar, las puertas del tren ligero ya se abrían suavemente, el león se incorporaba desperezándose con majestuosidad, sacudía la melena y tiraba un cerotazo. Después se iba corriendo ágilmente por el periférico.
Por Gabriel Valtierra
Guadalajara, Jalisco, diciembre de 2001










