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En construccion

¿AJUSTAR LA HISTORIA?

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Un cuento que me narraron hace tiempo, relataba la vida de varios caseríos asentados en las cercanías de un altísimo cerro de formas muy irregulares. Los lugareños habitantes de lado A, le llamaban el cerro del León, los del lado B, el cerro de la Media Luna y los del C, el cerro de la Sirena. Otros bastante lejanos, lo miraban casi siempre rodeado de copos, así que le llamaban cerro del Algodón. Se estableció por allí un destacamento militar y el comandante, desesperado por la variedad de nombres que dificultaban sus operaciones, sin mucha imaginación pero gran sentido práctico, le llamó simplemente el cerro Grande, como fue conocido de allí en adelante en los mapas y cartas geográficas. Pero, en cada poblado, cada mañana seguían viendo al León, a la Media Luna… Algo similar acontece con los acontecimientos históricos, con la diferencia sustancial que no son cuatro sino decenas de caseríos, en los cuales también se hablan lenguas distintas y se despliegan divergencias. Además, cada quien trata de acomodar los hechos a sus propios horizontes e imponerlos a los demás. Por ejemplo:

El 58% de los rusos no saben que la segunda guerra mundial comenzó el 1 de septiembre de 1939 con el ataque del ejército alemán a Polonia. Ellos ubican el comienzo en el 22 de junio de 1941, cuando se inició la invasión alemana a la antigua Unión Soviética. Si se hiciera la misma encuesta en Estados Unidos nos enteraríamos que para la mayoría de los norteamericanos la conflagración dio principio con el bombardeo de la aviación japonesa a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Los polacos ponen en el mismo sitial de los criminales contra su pueblo a Hitler y a Stalin, mientras que la mayoría de los rusos consideran que éste no tuvo otro remedio que atacar a Polonia por la espalda casi al mismo tiempo que los nazis, para proteger las fronteras soviéticas. Arguyen que lo mismo hicieron las fuerzas armadas polacas un año antes en Checoeslovaquia. Estas percepciones colectivas podrían atribuirse a la ignorancia, pero más bien su poderoso impulso les viene de dos fuentes: el impacto de los acontecimientos históricos en la vida de las personas y la remarcación o énfasis que han hecho los estados nacionales de las fechas relevantes para su propia existencia. Los pueblos que conformaban a la antigua URSS, conocieron los sufrimientos de la guerra en gran escala a partir de que Hitler puso en marcha la operación Barbarroja, como llamó el estado mayor alemán a la invasión, que al final segó la vida a unos veinte millones de soviéticos. Los norteamericanos supieron del racionamiento, del trabajo de sus mujeres en las fábricas y de la muerte de sus soldados, después de la incursión japonesa. Sumémosle décadas de aprendizaje en las escuelas, películas, medios diversos, libros, emblemas y acabaremos por conformar una solidificada perspectiva histórica.

Pero no sólo existe la persuasión interna de que los hechos ocurrieron como los vimos o cómo los padecieron nuestros antepasados, sino que además, continuamente hay intentos de borrarlos, modificarlos y ajustarlos a modas, intereses, nuevas correlaciones de fuerzas políticas, pugnas internacionales e internas. En las escuelas de Palestina se ha ordenado eliminar de los libros de texto la palabra “Holocausto”, porque no se desea enseñar las brutales persecuciones y asesinatos de los que fueron víctimas los judíos. En Israel, igual se ha hecho en las lecturas destinadas a niños árabes, con la palabra “Nakba” que alude a la tragedia sufrida por los palestinos, quienes fueron expulsados de sus tierras a raíz de la fundación del estado de Israel.

En México algunos eclesiásticos quieren purgar nuestros libros de texto, suprimiendo el dato sobre la excomunión de Miguel Hidalgo y de José María Morelos. Diputados del PRI y del PRD a su vez han pedido a los dignatarios católicos que retiren las excomuniones. Los primero es una impostura, porque existen los expedientes en los que consta cómo ambos caudillos fueron degradados de su condición de sacerdotes y expulsados de la institución eclesiástica. Lo segundo, es una soberana tontería, porque la traída y llevada excomunión de los insurgentes –que por otra parte alcanzó a miles de personas porque además se decretó in genere, es decir, para todos los rebeldes, conocidos precisamente como los excomulgados- es sólo un símbolo de la lucha frontal que emprendió la iglesia católica en contra de los insurrectos, cuyo recuerdo trató de borrar durante casi todo el siglo XIX. Y, ciertamente nadie debería pensar que podía exigírsele otra conducta, puesto que estaba fusionada con la monarquía española.

La historia, lo sabemos, además de arte, ciencia y esfuerzo por conocer el pasado, ha sido también un campo de combate entre clases, ideologías, mitos e intereses de diversa índole. Jorge Luis Borges decía que no podemos cambiar el presente puesto que éste es fugaz y tampoco el futuro porque todavía no es, así que sólo estamos en condiciones de trocar el pasado. La idea, con revelar una de las usuales y extrañas agudezas del escritor, no deja de exhalar un cierto tufillo de cinismo, en tanto supone que sólo existen las verdades construidas a la medida de quien expone los sucesos. Pero, aun aceptando esta mutación en las percepciones del pasado, hay hechos incontrovertibles y posibles de conocer, por encima de las telarañas y velos impuestos por las ideologías. Es un hecho que la segunda guerra mundial comenzó con la agresión germana a Polonia y también que Miguel Hidalgo llamó “a coger gachupines” –y vaya que lo hizo- la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Es un hecho que Stalin mandó asesinar a varios miles de oficiales polacos en Katyn. Es un hecho que lo mismo hizo Hitler con millones de judíos. Es un hecho que las insurrecciones en todas las colonias españolas de América, empezaron con vivas a Fernando VII, el rey que había abdicado a favor de Napoleón Bonaparte y cometido traición contra su pueblo. Es un hecho también que todos estos levantamientos desembocaron en una guerra por las independencias.

Este septiembre se ha iniciado con las conmemoraciones en Westerplatte, en la costa báltica polaca, donde un acorazado alemán “en visita amistosa” a Polonia disparó los primeros cañonazos de una refriega que se extendería a todos los confines por seis años. En México, recordaremos pronto los dos siglos transcurridos desde el inicio de una larga contienda de la cual emergería la nación independiente. En ninguno de ambos casos cesarán desde luego los debates y las interpretaciones, en la medida que siempre están descubriéndose nuevos eventos, que los historiadores buscan enlazar, entender y explicar. En esta tarea, no se trata, decía uno de ellos, de regañar a los muertos, sino de comprenderlos. Y tampoco, de amacharnos a que el cerro Grande se llama cerro de la Sirena…