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En construccion

Festivales artísticos: de las políticas culturales de Estado a las propuestas ciudadanas

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“Pero los dioses, compadeciéndose del género humano nacido para el trabajo, han establecido para los hombres festivales divinos periódicos para el alivio de sus fatigas, y les han dado como compañeros en esas fiestas a las Musas y a Apolo, que las preside, y a Dionisos para que, nutriéndose del trato festivo con los dioses, mantengan la rectitud y sean equitativos.” Platón1

Aproximarse al terreno de las políticas culturales es similar a la experiencia de avanzar por una gran ciudad en la que las calles tienen nombres similares pero llevan a lugares diferentes. En América Latina la reflexión y análisis sobre las políticas culturales ha sido un tema abordado por diversas disciplinas y desde distintos ángulos. No obstante, tanto en la teoría como en la práctica, las políticas culturales pueden entenderse –en términos muy amplios– como una serie de intervenciones impulsadas por agentes sociales, por lo regular el Estado, a través de las cuales dichos agentes van a tratar de legitimar una serie de acciones, significados y funciones de algún aspecto de la “cultura”, por ejemplo, del arte. ¿Qué relación existe entonces entre las políticas culturales y los festivales2 artísticos?

Esta pregunta se puede responder desde distintos ángulos, si hablamos de las políticas estatales, no podríamos dejar de mencionar que los festivales en México se constituyen, desde los años treinta y hasta la década de los setenta, como una herramienta de la política cultural modernizadora, a través de la cual se buscaba alcanzar la integración nacional. De ahí que el Estado comience a impulsar festivales artísticos gratuitos, masivos y hasta cierto punto con carácter educativo. Pero lo cierto es que el hecho de que un festival sea gratuito y en un lugar “público” no significa que sea democrático, ya que discursivamente, este tipo de festivales –propuestos por instituciones estatales– por lo regular han tendido a legitimar determinado sentido del arte que privilegia al llamado “arte culto”, las artes “tradicionales” y el arte como un medio para exaltar “la identidad nacional”.

En este contexto, las políticas culturales estatales, emplearon, y aún ven a los festivales como medios que ayudan a gestar un ambiente de “democracia cultural”. Sin embargo, la meta de este proyecto “democrático” parece en muchas ocasiones estar encaminada a que todos tengan acceso a los mismos productos culturales o artísticos. Los festivales reflejan la dinámica de la vida cultural en las ciudades y en general en el país, lo que hoy nos están diciendo los festivales sobre la política cultural de Estado, son –quizá para muchos– lugares comunes pero ciertos: el arte está centralizado en las grandes ciudades, hay pocos espacios para expresiones artísticas experimentales, escaso apoyo para el arte que se produce en el interior del país y no ha sido posible generar nuevos públicos. Sobre este último “problema”, es pertinente señalar que probablemente el error de las políticas estatales ha sido creer que los festivales pueden cambiar los gustos de los públicos, pues a esta idea la sostiene el discurso de que existe un solo arte “legitimo” al que todos deben y tienen derecho a acercarse. ¿Pero acaso es función del Estado establecer los límites del arte?, me parece que no, mas bien la importancia de estar evaluando constantemente a este tipo de políticas radica en que éstas tienen la posibilidad de favorecer o perjudicar la comunicación de la diversidad cultural. Indiscutiblemente, los proyectos independientes, ciudadanos o comunitarios, desde hace varias décadas han desempeñado un papel importante en el proceso de renovación de las políticas culturales. En cuanto a los festivales independientes, si bien éstos no generan políticas, la realización y “éxito” de algunos de ellos, refleja la articulación de grupos que organizadamente han buscado crear acciones para “satisfacer sus necesidades culturales, obtener consenso y gestar cierta transformación social” (García Canclini, 1987: 26). Pero también es importante desmitificar a los festivales independientes, pues no todos ellos tienen como objetivo reunir a distintas clases sociales y grupos culturales. De hecho hay que recordar que históricamente los festivales más importantes de la modernidad surgen en sociedades desiguales, en donde los grupos que los organizaban buscan crear una distinción entre, por ejemplo, las clases cultas y populares, como ejemplo de ello podemos citar el Festival de música y ópera de Richard Wagner creado en 1876. Al parecer, los festivales son motivados por el deseo que un grupo tiene de consagrar y legitimar determinado sentido del arte, por lo que inevitablemente, al colocar determinadas manifestaciones artísticas en una posición de valor, los grupos –a través de los festivales– crean una distinción entre ellos y “los otros”. Cabe entonces otra cuestión, ¿es posible crear festivales democráticos?, probablemente sea un idilio pensar en un festival que logre atraer a todos los grupos socioculturales que conviven en una ciudad, sin embargo una cosa es “decidir” no participar en un festival y otra que la desigualdad social genere una situación de exclusión. No pensemos sólo en cómo dar cabida a todos, mejor reflexionemos sobre las estrategias que nos pueden ayudar a gestar un ambiente democrático en el que se desarrollen distintos festivales, los cuales a su vez representan distintas formas de ver el mundo y el arte. Democratizar el arte no significa que todos tengan acceso a lo mismo, sino que el público tenga la posibilidad de elegir lo que quiere ver de entre una diversidad de propuestas de calidad.

El que exista la posibilidad de que distintos grupos se expresen y elaboren propuestas, no quiere decir que lo ideal sea que cada quien arme su festival y sea feliz con él sin voltear a ver a los demás. Al contrario, un proyecto sólido necesariamente tiene que ser consciente de su entorno, pues para ser propositivo debe establecer una relación con aquello y aquellos que lo rodean. Las redes sociales que un festival logra generar son esenciales en su proceso de consolidación, esto por dos motivos: primero, porque la comunicación entre grupos revitaliza las propuestas, las fortalece y las coloca en el mapa de la vida artística; y segundo, porque al conocer otros proyectos y dialogar con ellos se consolida y renueva la vida artística de una ciudad. Se suele decir que la necesidad desencadena la movilización social y esto es cierto en muchos casos, pero son la construcción de relaciones y redes de comunicación entre ciudadanos las que permiten que algunos festivales puedan articular la vida cultural de una ciudad, al menos por unos días o semanas, y otros no. La necesidad no es suficiente para propiciar proyectos, muchos estados de la República ante la falta de espacios dedicados a las artes, de la poca oferta cultural o del escaso apoyo otorgado a los creadores independientes, se han visto en la necesidad de crear festivales para satisfacer estas “carencias”. Sin embargo, no en todas las ciudades las experiencias han sido iguales, hipotéticamente, puedo decir que los festivales tienden a ser más efímeros y a tener menos presencia cuando se desarrollan en sociedades muy fragmentadas y radicalmente desiguales, en las que los festivales no crean un punto de negociación. Un festival posiciona a una ciudad dentro del gran mapa de los festivales artísticos cuando logra integrar las dimensiones más importantes de la ciudad y no cuando trata de construir una imagen homogénea de ésta. Si bien las políticas estatales en materia de arte son insuficientes en relación con los cambios que se están generando en este campo, y frente a ello se puede reconocer la importancia fundamental de los grupos comunitarios e instituciones civiles en la renovación de éstas, no deja de ser determinante el papel del Estado en la tarea de evitar que “las iniciativas estratégicas se dejen en manos de actores empresariales sin regulación” (García Canclini, 2005: 15), pues los festivales –son en alguna medida– un forma de resistir a la privatización del arte y la cultura. Frente a la escasez de espacios para las artes o la privatización de éstos, los festivales también constituyen una apuesta por crear nuevos espacios y por recuperar el sentido del espacio público, este último, lugar de conflicto pero también de negociación. Hay que destacar que si bien muchos de los festivales –en especial los independientes– pretenden transformar el orden institucional de la cultura, es decir que intentan construir una política cultural alternativa (Eduardo Nivón, 1994), es imposible que todas las propuestas que surgen y se materializan en festivales “se desarrollen estrictamente como política cultural, es decir, como una disposición estructurada para obtener la legitimidad de determinados significados” (Ibíd: 110), quedando muchos de ellos sólo como esfuerzos parciales y reducidos a prácticas limitadas. Pero para lograr algunos cambios, no basta sólo con ser alternativo, autogestivo o independiente; es necesario construir redes, no casarse con la idea de la “marginalidad independentista”, reflexionar más sobre el contexto en el que se desarrollan las propuestas y trabajar más en el discurso que las sostiene. Por último, no podemos olvidar que los festivales no son sólo escenarios en los que se reflejan las políticas culturales, son además espacios festivos a los que se acercan las personas para relacionarse con otros y tratar de encontrar un momento de disfrute. Si bien no todo festival es una fiesta, sí es posible y quizá deseable que un festival se transforme en fiesta, esto porque “la fiesta es un acontecimiento social que establece una diferenciación entre la vida cotidiana y el tiempo festivo [...] Es una forma socialmente establecida de transfiguración y a veces de trasgresión del orden social, por lo que suele ser un espacio de liberación de tensiones, represiones, frustraciones, etc. La fiesta abre un lugar especial al gozo, el juego, la fantasía, y la expresión estética” (Amparo Sevilla y María Ana Portal, 2005: 353). ¿Qué relación debería existir entre las políticas culturales y los festivales artísticos? Una respuesta, poco real pero deseable, es que las políticas culturales tendrían que generar las condiciones para que se desarrollaran festivales más festivos que excluyentes, pues como lo señala el antropólogo Gil Calvo en su libro Estado de fiesta: “la fiesta causa un efecto comunicativo sobre los que participan en ella, [...] los públicos festivos pueden transformarse ritualmente en pueblos soberanos [...]. Entonces, cuando ya formemos todos una sola clase de ciudadanos, puede que la participación pública llegue a ser una fiesta enteramente libre” (1991: 199 y 206).

Zaira Espíritu Contreras
Estudió la licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Autónoma Metropolitana–Xochimilco(UAM-X).Ha colaborado en diversas revistas literarias y especializadas de Morelos y el Distrito Federal, entre las que se encuentran Revista Ciénaga, El Burak, Generación Z, Gaceta de Museos, la revista electrónica Clon de la UAM-X. Coordina la revista literaria Tabique, la cual tiene cuatro años de existencia. Actualmente estudia la maestría en Antropología Social en la Universidad Autónoma Metropolitana–Iztapalapa (UAMI).