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En construccion

A la casa de lectores

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Un panteón se ha convertido en la mejor biblioteca al aire libre para los niños de Yecapixtla, Morelos, que guiados por una voluntaria, seencuentran por primera vez con los libros. Sentados sobre las tumbas y protegidos del inclemente sol bajo la sombra de un enorme árbol, se acomodan para leer."¿Y a ustedes no les cuentan historias sus abuelos?", les pregunta Anahí Zepeda, una estudiante de 20 años que cada sábado, sin cobrar un centavo, carga con un vitrolero de agua fresca, material didáctico y libros para compartir con los niños. "Vengo porque me gusta leer... historias de princesas y adivinanzas", responde Fátima, de 8 años, la más tímida del grupo pero también la más
constante. En apenas un par de meses, los niños ya agotaron la veintena de libros infantiles del paquete con cien títulos con el que abrió la sala. Esperan por más pero ahora quieren elegir: las historias de terror son sus favoritas. A diferencia de las bibliotecas, aquí no se exige credencial ni comprobante de domicilio para llevarse un libro a casa. Al cabo de unos días, siempre es devuelto. Ese es el espíritu con el que nació en 1995 el Programa Salas de Lectura,
destinado sobre todo a las comunidades sin librerías ni bibliotecas. Un esfuerzo singular, sostenido por voluntarios que dedican dos o tres
horas semanales a promover la lectura en niños, adolescentes y adultos.
De las 6 mil 220 salas de lectura registradas en el País, están
activas sólo 3 mil 772. ¿Por qué se murieron? Hicieron falta acervos
adecuados y algunos mediadores perdieron el entusiasmo al sentirse
abandonados."Antes, era verdad, (las salas de lectura) estaban
en un relativo abandono porque no había recursos", admite Socorro
Venegas, coordinadora nacional del programa.Las salas de
lectura son financiadas con recursos del Fondo Especial de Fomento de
la Lectura, que en 2009 asciende a 19.1 millones de pesos, y se destina
además a programas de los Estados.

Está en marcha el primer
diagnóstico del programa, la idea es saber qué funciona mal y qué sí ha
dado resultado para diseñar una estrategia. La evaluación se acompaña
de un censo, el cual se realiza en colaboración con la Universidad
Autónoma de Baja California. Los resultados estarán disponibles en
agosto próximo.

Tres Cruces, uno de los barrios más deprimidos de la capital poblana,
donde no hay bibliotecas ni deportivos, un grupo de jóvenes se organizó
para sacar llantas, zapatos viejos y muebles destartalados de un
basurero para improvisar, con una carpa y sillas, una sala de lectura.
Resultó un sitio mucho más confortable que el primer lote baldío que
ocuparon.

La gran mayoría había abandonado la escuela, pero
"Nemo", como apoda la comunidad a Guillermo Durán, un joven
comunicólogo, los animó a leer. Llegaron con revistas variopintas y
poco a poco fueron interesándose por los libros de poesía y narrativa.
Después comenzaron los talleres de sexualidad, equidad de género y
adicciones.

Tras ocho años de esfuerzos, funciona como una
casa de cultura en forma: Fogata Cultural, donde se están alfabetizando
60 adultos mayores, y más de 70 adolescentes y 40 niños asisten a los
talleres de lectura.

Nemo desea que el programa sea más ágil:
"La modalidad que nos han propuesto es que nuestros usuarios nos digan
qué les interesa leer".

Antes, los paquetes de libros enviados
a las salas de lectura se armaban con remanentes de la bodega de Educal
que no incluía novedades editoriales de Conaculta ni respondía al
perfil de los usuarios.

Ahora está en marcha un plan de
coediciones con 17 sellos —en su mayoría independientes— para nutrir a
las salas. La idea es que desde el principio los voluntarios puedan
elegir los títulos que interesan a sus usuarios. También estarán
disponibles libros en maya, tzeltal y tzotzil.

Venegas anticipa
que la capacitación para los mediadores será continua y buscará
involucrar a los lectores: "De esa manera crecen las posibilidades de
que una sala sobreviva".

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